Es
difícil comenzar una historia cuando ni tú misma sabes cómo empezó todo. Hay veces que los principios son tan lentos,
silenciosos…que no te percatas de que hay algo nuevo en tu vida hasta que se
desarrolla intensamente.
Toda
mi vida he sido alérgica, convivía con normalidad junto a ácaros, pólenes y
animales peludos. No tenía miedo al sentir que mi piel enrojecía, mis ojos escocían
o apenas salía aire por mi nariz. Los síntomas
eran molestos pero ya formaban parte de mí. Aunque, alguna vez, al observar a gente
que no era alérgica, si me llegué a preguntar cómo sería vivir libre de resfriados,
estornudos y mocos.
Toda
una etapa superada se fue a la mierda aquel momento en que sentí el picor de mi
boca, la hinchazón de mi lengua y los granitos del paladar; era la alergia
alimentaria. Esa tarde comí un kiwi en casa de una amiga. Siempre había visto que
comer esa fruta verde a mis padres, pero inconscientemente nunca quise
probarla. Hasta que Lidia me la ofreció y no pude rechazarla. El resultado el
descubrimiento de mi primera alergia a un alimento con dieciocho años, un poco
tarde, lo sé.
Los
meses siguientes mi vida transcurriría con normalidad a pesar de no querer
tomar algunas comidas por miedo a ser alérgica. Posteriormente, esos miedos se
fueron extendiendo a muchas comidas. Incluso pensaba que había desarrollado alergia
aquellos alimentos que hasta entonces había tolerado y deje de consumirlos. Mi dieta se redujo atrozmente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario